La gran mayoría de nosotros conocemos a Pitágoras por su famoso teorema, que aprendemos a pronta edad en la escuela. No se nos explica, sin embargo, que hay dudas sobre si él realmente planteó esta relación numérica, y muchas más de que fuera capaz de resolverla.
El Pitágoras que hemos heredado está magnificado por los que quedaron a su paso, que lo elevaron a la categoría de “semidios”. Lo que sí podemos entrever en su historia, como reflejan en National Geographic Historia, es su papel como líder espiritual de una comunidad estricta que buscaba la sabiduría.
Y para pertenecer a ella, debías aceptar guardar silencio durante los primeros cinco años. Porque para el pensador, es en el silencio donde se descubren las verdades que el ruido nos oculta, y la educación del alma comienza por aprender a escuchar.
Dos silencios, dos lugares
A título personal, me maravilla descubrir como en partes tan distantes del mundo se dieron a la vez movimientos increíblemente similares. Buda y Pitágoras fueron casi contemporáneos. Según las cronologías más aceptadas, entre sus fechas de nacimiento oscilan solo entre 10 y 40 años. En cuanto a la coincidencia, debemos callar para encontrarla: el silencio.
En Crotona, Pitágoras funda una comunidad en la que filosofía, religión y matemáticas se daban la mano para confluir en un estricto estilo de vida. Sus discípulos, los pitagóricos, se dedicaban a la meditación, abrazaban la vida austera y llevaban una dieta vegetariana. También debían guardar silencio durante los cinco primeros años en la escuela pitagórico. Para aquellos de carácter naturalmente sereno, eran dos.
En el otro lado del mundo, en el actual estado de Bihar, sentado bajo un árbol Bodhi, Buda alcanzaba el Nirvana. El encuentro se producía tras conocer los excesos: la vida hedónica de un príncipe, la vida asceta de un samana. Fue el silencio, la base fundamental de la atención plena y del budismo, el que, por medio de la meditación, le permite alcanzar su gran revelación.
Silencio. Una palabra que en el siglo XXI ha perdido todo sentido. Jamás había sido tan sencillo hablar sin decir nada. “Un necio se reconoce por lo que dice; un sabio, por su silencio”, diría también Pitágoras.
El silencio y la sabiduría
Tanto para Pitágoras como para Buda, el silencio supone un primer paso hacia la sabiduría. En la escuela pitagórica, los cinco primeros años de mutismo tienen un porqué. Para el pensador, callar nos permite entrenarnos en escuchar, en lugar de hablar.
Este silencio se convierte en algo transformador para el aprendiz, porque le permite, en primer lugar, adoptar su autentico rol frente al mundo. El aprendiz debe aprender. Y para aprender, hay que escuchar. Separarse del ego que asegura conocerlo todo.
Por otro lado, el silencio tiene una finalidad purificadora. El objetivo, como también establecería Siddhartha Gautama (el Buda histórico) al otro lado del mundo, es acallar la mente. Conseguir no solo silencio exterior, sino también interior. Porque solo cuando acallamos la mente se produce la más sorprendente de las observaciones: la de uno mismo. Y allí, con la concentración adecuada y la mente libre de juicio, se produce la magia del autoconocimiento, la más pura de las sabidurías.
El silencio era, por tanto, un camino más de la enseñanza y, al mismo tiempo, una lección por sí mismo. “Escucha, serás sabio. El comienzo de la sabiduría es el silencio”, explicaba Pitágoras a sus discípulos.
Callar en tiempos modernos
En una era de absoluta hiperactividad, las palabras de estos dos grandes maestros de la sabiduría generan un contraste grotesco. Creemos ahora que todas las opiniones deben ser expresadas, y cuánto más rápido mejor. El tiempo para pensar ha desaparecido, en pro de un ritmo frenético del que es difícil bajarse.
Es por eso por lo que el silencio es más importante que nunca. Y no solo porque, como recoge la revista Brain Structure and Function, en silencio consigamos promover el crecimiento de nuevas células, mejoremos la concentración, reduzcamos el estrés y demos espacio a nuestras emociones para regularse. No. La necesidad del silencio surge también como un reclamo filosófico. Sin silencio, no podemos pensar.
“Pensar es relato, pensar es sucesión. Pensamiento es atención y desobediencia”, declara el filósofo Santiago Alba Rico en una entrevista que concede a esta revista. Cita también a dos grandes pensadoras del siglo XX que reflexionaron con igual lucidez que Pitágoras o Siddhartha sobre el silencio, aunque quizá con diferente intención: Hannah Arendt y Simone Weil. Es esta última la que dijo: “La atención consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto”. Es decir, en acallar todo ruido, externo e interno. En alcanzar la forma más pura de silencio.
Necesitamos menos discursos, menos opiniones, menos rapidez, y más atención. Porque, decía también la filósofa francesa, “la atención es la forma más rara y más pura de generosidad”. Y no hay nada que exija con más ferocidad el siglo XXI que solidaridad, generosidad y empatía.