우리는 이 행성에서의 우리의 짧은 존재를 가장 오래 산 생명체들 중 일부와 함께 나눕니다. 그들의 삶은 우리에게 지혜와 삶의 시련 속에서도 회복력과 개인적 성장에 대한 은유를 제공합니다.

Resucitar la sabiduría ancestral

수천 년에 걸쳐, 미국 캘리포니아 주의 시에라 네바다에 살던 원주민 부족들은 숲과 토지를 불과의 연대로 보살펴 왔습니다. 이는 소각과의 동맹 속에서 숲을 관리하는 관행이었는데, 식민자들은 이를 원시적 행위로 탄압했고, 1850년에는 법으로 금지했습니다.

Reconectar renacer de las cenizas

Se trataba de «hogueras pequeñas y controladas (…) para promover la salud de la vegetación y los animales que proporcionan alimentos, ropa, artículos ceremoniales y más para las tribus», según explica Ron W. Goode, presidente de la tribu Mono de North Fork.

Hoy día, el dosel arbóreo es dos veces más denso, lo cual supone un peligro que explica por qué los incendios han sido tan letales últimamente en California.

El fuego controlado volvió parcialmente en 1968, cuando los parques nacionales introdujeron esta práctica para reducir el riesgo de incendios, quemando árboles parasitados y las hojas secas del suelo, por ejemplo.

De hecho, muchas especies vegetales necesitan de las llamas para poder crecer sanas y liberarse de los parásitos. Por otra parte, este proceso permite que la tierra tenga suficiente agua para los árboles, así como para los arbustos más pequeños, a la vez que las cenizas son un abono para el suelo.

Los árboles-matusalén

¿De qué manera el fuego es un aliado a la vida? Los árboles más longevos nos ofrecen esta comprensión. 

Existen tres tipos de secuoyas nativas en la costa Oeste de los EE.UU. La más famosa es la secuoya roja (Sequoia sempervirens), la conífera más alta que existe, ya que puede superar los 115 metros de altura, 22 metros más que la Estatua de la Libertad.

Esta especie puede vivir hasta los 1800 años. Sin embargo, el matusalén de los árboles es su primo, el sequoia dendron giganteum, que no llega a sobrepasar los 105 metros de altura, pero es más longevo.

El ejemplar más anciano vivió 3200 años. Se trata de un árbol que germinó hacia el 1375 A.C. y murió hace unos siglos.

La vida de los árboles

Las secuoyas son lentos y pacientes testigos de la historia humana, y crecieron en abundancia hasta que llegaron los conquistadores para amenazar su supervivencia.

La explotación forestal provocó un movimiento de resistencia en la California de la década de 1970, con activistas que se instalaron en los árboles para evitar que los cortaran. En esta misión participó Julia «Butterfly» Hill desde sus siete años, y catorce años más tarde, el 10 de diciembre de 1997, se encaramó a la secuoya milenaria Luna, de 1500 años, para evitar que la empresa The Pacific Lumber Company la talara.

No fueron unos pocos días encima del árbol. Para salvar a Luna, tuvo que pasar 738 días a 55 metros de altura sobre un pequeño espacio de 3,2 metros cuadrados. 
El 19 de diciembre de 1999 logró su triunfo, cuando junto a sus compañeros activistas consiguieron pagar los 50.000 dólares, el precio de la madera de Luna junto a unos 12.000 metros cuadrados de área aledaña. 

El fuego vital

Los incendios controlados ancestrales se completan en ciclos de treinta años: hay un mínimo de tres fuegos dentro de diez años, y uno solo durante los siguientes veinte años.

A las secuoyas, este fuego limitado les da vida, lo necesitan tanto como el agua, la luz del sol y el suelo rico en minerales. Renacen literalmente desde las cenizas, al igual que los seres humanos más resilientes.

El fuego es necesario para limpiar el bosque de los árboles menos resistentes, así como para dar más luz a las plántulas. También ayuda a que los conos, que pueden permanecer en las ramas durante veinte años, se sequen, caigan y puedan liberar las semillas, con lo cual surge nueva vida.

Este proceso nos recuerda un poco a la incepción humana: se libera una chispa de zinc en el óvulo maduro cuando el espermatozoide lo fecunda.

La enseñanza del fuego y de los árboles para la vida humana es esta: a veces necesitamos renacer de nuestras propias cenizas, limpiar nuestro terreno vital para brotar de nuevo y liberar toda la creatividad que llevamos dentro.

Como hacen las secuoyas en sus conos, a menudo guardamos durante décadas los sueños y proyectos, hasta que un terremoto vital despierta las semillas, les deja caer a un terreno fértil, liberando espacio para crear nueva vida. 

Un ejercicio para renacer del fuego

1. Haz un inventario de las partes o aspectos de tu vida que se han convertido en cenizas y cuáles, de las que aún perviven, deberían alimentar la hoguera.
2. Entrega al fuego —simbólicamente— aquello que ya no necesitas, sean cosas grandes o pequeñas, para liberar un nuevo espacio de crecimiento. Haz un ritual de despedida en este proceso.
3. Encuentra una manera de expresar lo que debe nacer en tu tierra fértil: escribe, dibuja, baila, canta… Plasma cómo será el bosque de tu futuro.
4. Terminada esta invocación, medita para visualizar cómo despiertan los retoños debajo de las cenizas que darán forma a tu futuro. Celebra tu resiliencia y tu creatividad.