Indiscutiblemente, vivimos en un mundo rodeado de estímulos. Opiniones, consignas, imágenes y discursos que se suceden a un ritmo vertiginoso para competir por nuestra atención, el bien más preciado del siglo XXI. Todo parece urgente e inmediato. Sin embargo, muchas de las ideas con las que interpretamos el mundo no provienen de este ruido constante. Conceptos como la libertad, la normalidad, el éxito o la verdad tienen capas más profundas y menos recognoscibles.

Esta era, al menos, la visión optimista del pensador español Antonio Escohotado, que afirmaba en una entrevista para ‘El Faro de Vigo’: “Los filósofos influimos mucho, aunque nadie se da cuenta. La humanidad tiene muchísimos estímulos, pero los filósofos siguen siendo, como los músicos, los únicos escuchados”. La filosofía, que vuelve a estar en tendencia tras décadas apartada de las inquietudes populares, podría ser el último estandarte del pensamiento en un mundo de prisas sofocantes.

Influir sin rostro

No son pocos los pensadores modernos que acusan a nuestra sociedad de ‘anti-pensante’. El término es de Santiago Alba Rico, pero la misma idea subyace en la “indigencia mental” de la que habla José Carlos Ruiz, en La vacuna contra la insensatez de José Antonio Marina o en los ensayos del coreano Byung-Chul Han. No es de extrañar: para pensar necesitamos atención, y la atención es un bien escaso y en continua crisis en el siglo XXI.

Pese a todo, Escohotado defendía en la citada entrevista que concedía en un lejano 2005 que los filósofos pueden cambiar el mundo como fuerzas invisibles. Nadie los nota, pero influyen mucho, aseguraba el pensador. “Influimos como influye lo impersonal, el Derecho, la sintaxis o los mercados”, añadía, “mucho”.

Escohotado hablaba ya en aquel 2005, que aún no conocía la ferocidad de TikTok, que la humanidad estaba expuesta a muchos estímulos, pero los filósofos eran, como los músicos, los únicos escuchados. ¿Siguen siendo ciertas sus palabras en tiempos de reels, reggaetón e insensatez?

Los marcos de la sociedad moderna

Como si adivinara el futuro, Escohotado señalaba hace ya 20 años que la humanidad vive sumida en una tormenta de estímulos. Desde entonces hasta el presente, el ruido no ha hecho más que aumentar, la velocidad no ha hecho más que crecer. La investigadora Gloria Mark puede ayudarnos a medir la cantidad exacta de atención que hemos perdido en estas dos décadas.

En 2004, recoge el ‘Institute of The Future of Education’, el tiempo medio que éramos capaces de permanecer frente a una misma pantalla o tarea digital antes de cambiar a otra era de 2,5 minutos. En 2012, la cifra había descendido a 75 segundos. En los últimos años, se ubica en 47 segundos. Eso significa que hemos perdido cerca de un 70% de nuestra atención en menos de 20 años.

Escohotado quizá no pudo imaginar, en aquel 2005, la ferocidad con la que las multinacionales competirían por ese bien escaso al que llamamos atención. Sin embargo, sí que dio en la clave con cierto concepto. Y es que incluso en un mundo acelerado, escuchamos a los músicos, y escuchamos a los filósofos.

El último bastión

Pensar es una actividad que necesita recorrido. Requiere de un proceso lento, en ocasiones interrumpido por las actividades cotidianas, y otras, acompasado con un paseo. En cualquier caso, pensar no es algo que podamos hacer en 47 segundos. Y es por eso por lo que, desde luego, más de la mitad de lo que consumimos en Internet ni siquiera queda grabado en nuestra memoria.

En este sentido, la idea de Escohotado se mantiene. Los estímulos no necesariamente generan influencia, aunque por desgracia en el presente llamemos ‘ídolos’ a personas que representan apenas los intereses comerciales de ciertas multinacionales, y no ningún ideal personal.

Sin embargo, este marco tan peculiar de nuestros tiempos (una tormenta de estímulos con ausencia de significado y de impacto real en la memoria o las ideas), está generando un movimiento contrario al esperado. Mientras la sociedad del cansancio de Byung-Chul Han se adormece, mientras la sociedad ‘anti-pensante’ renuncia al pensamiento, mientras la sociedad de la desconfianza deja de ver al otro, voces del pasado reclaman nuestra atención.

La filosofía está en tendencia. Volvemos a hablar de Séneca y Marco Aurelio, pero también de Kant, de Nietzsche, de Simone Weil o Hannah Arendt. El ser humano, como vaticinara Jean-Paul Sartre, se encontrará siempre inmerso en una búsqueda de significado, incluso cuando todo parezca perdido, dándole así la razón a Escohotado.

La rebelión de las ideas

Es innegable que ciertas evidencias asustan. Algunos vuelven a hablar de tierras planas, la música nunca ha parecido tan alejada de lo que fue y hasta el arte se ha diluido para convertirse en algo en lo que pocos nos reconocemos. Pero incluso en toda esa oscuridad que nos atenaza, las palabras de Escohotado mantienen la cordura. Los filósofos tienen la capacidad de influir en el presente, y lo hacen también desde el pasado.

Dijo Nietzsche aquello de ‘Dios ha muerto’, y pensamos que con él se acababa lo que hasta entonces habíamos dado en llamar filosofía. Pero en el siglo XXI, cuando la atención escasea, unos pocos deciden dirigirla hacia el bastión de la filosofía. Y con ella, recuperamos los marcos de la moralidad, la ética, el pensamiento crítico y la capacidad de pensar, debatir y definir el mundo en el que vivimos. Recuperamos el sentido, una palabra fundamental para la existencia humana. Recuperamos el significado.

Quizá sea optimista pensar que la filosofía pueda cambiar el mundo, pero no es ninguna locura reconocer que, como dijo Escohotado, los filósofos influyen, y mucho. A nivel individual poco podemos hacer para bajarnos de este tren acelerado al que llamamos sociedad. Pero siempre que podamos rebelarnos, reconquistemos nuestra atención para dirigirla, como dijo también el pensador español, a las auténticas fuentes de sentido en esta vida: “El dormir sin sueño, el estudiar y el amor carnal”. Tres “bendiciones gigantescas” que, decía Escohotado, “generalmente desbordan los límites de un corazón tan estrecho como el de cada individuo”.